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lechuza

DESPUES DE UN TIEMPO

DESPUES DE UN TIEMPO

Todas las calles recorriendo los dos mundos de quienes les transitan, va Rodrigo en la bicicleta asaltando los semáforos con su luz que va más allá de los aceleradores de los automóviles, pero nadie parece sentirle, quizá un chico en la otra esquina aventurándose a recordar cuando las calles no estaban tan atestadas de comercio, y se podían distinguir más las sonrisas, mucho más allá de las vallas publicitarias y los promotores de turno.

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 Siento que muchos ojos prefieren ver desde las alcantarillas, matar sus sueños con depravada lentitud, hasta observar sus venas como meros tubos huecos. Es en ese momento cuando la desnudez del infante arremete con una sensatez inevitable el temor de esos otros. Tristeza por ver el daño que a ellos se hacen, por esperar el último momento para sentirse libres, habitantes de su espíritu. Cuando no ocultas lo que eres la multitud se sorprende, quienes abandonaron el asombro ante el azul de la mirada oceánica, sólo un ser sin parecer, podría llamarles la atención.

Los pies se mueven al son del jazz, las sonrisas amplias iluminan; en los suburbios danza la noche, aunque los ricos se encierren a sedar su asilo, hay quienes festejan para ondear la voz y la palabra, a compartir lo que se tenga y celebrar el respirar.

 Imagino que la tristeza se puede disolver dulce como chocolate, pero intuyo que sólo sea temporalmente, pues muy adentro se libra una batalla entre las voces cadavéricas de la urbe y el espíritu guerrero que de tanto intentar dialogar ha convertido mi pensamiento en escombros, o será el punto final de la sociedad para despedir un año, romper el cochinito y ver si valió la pena el ahorro de las alegrías para ser obsequiadas en un intervalo corto; lo que me apesadumbra, saberme a destiempo, solitaria entre el jolgorio pasajero.  

Parpadeo de luciérnaga 

Vagando los cuerpos, no alcanzo a distinguir entre quien sabe y no, de mi impaciencia en la monotonía que amenaza con cercarme, grito BASTA, a la costumbre de los abrazos; es mi labor cortarle las patas a los tronos de los reyes, camuflarme de bufona cada vez que los aplausos colmen la atención de los súbditos y llorar con la mirada puesta en la vastedad del mar; seguir la pista de los árboles desnudos para lograr el sueño que rocíe por las mañanas, sábanas de hierba donde pueda cubrirles a ellos en su frío y a mi por negarme a desfallecer.     

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